¿Cuál es la relación entre el arte y el capitalismo? Más allá de una cuestión sobre el valor de la obra de arte y su papel en el mercado, la relación entre arte y capital se encuentra en un punto mucho más sustancial: la producción de subjetividades. En primer lugar, ¿qué es el arte? Según Gilles Deleuze, el arte tiene como función la producción de preceptos, es decir, bloques-sensaciones, expresiones que crean maneras de sentir en el mundo. El arte actualiza pasiones, construye formas de experimentar a partir de la sensibilidad, del encuentro con el mundo (otro).

 

Y, ¿qué pasa con el capitalismo contemporáneo? El capitalismo financiero globalizado parece poner en el centro de su producción la dimensión creativa de la vida, el intelecto general, los afectos (las relaciones con el otro), las maneras de ver y existir en el mundo siendo la publicidad un mecanismo ejemplar de este funcionamiento. Parece apropiarse de la materia que el arte tiene como territorio, de las fuerzas creadoras y la relación con el otro con lo que nos afecta, con lo sensible. En el neoliberalismo, la creación cultural, la producción de subjetividad, la relación con la otredad, ganan una importancia central en la producción general de capital. Son las fuerzas subjetivas, conocimiento y creación, que hacen funcionar el régimen.

 

Como nos recuerda Suely Rolnik, hasta principios de los años sesenta teníamos un modo de subjetivación fundamentado en la identidad del sujeto, en categorías rígidas que demarcaban una subjetividad. Era la época de la disciplina, de las representaciones, del régimen fordista de producción, donde la imaginación creadora quedaba en los márgenes de la producción. Los movimientos de los años sesenta y setenta instauraron una crisis en este tipo de producción de subjetividad, forzando el sistema a aceptar un tipo de “subjetividad más flexible”. En este movimiento de contracultura se experimentan otras posibilidades de vivir en el mundo, de sentir y ser afectado por esta gran exterioridad heterogénea que es la potencia creadora. Se problematiza sobre las políticas identitarias, disciplinarias, el control de la vida, de los cuerpos y la sexualidad. Se crean formas de expresión que ponen la subjetividad y los modos de subjetivación en el centro del problema, en el núcleo de la lucha.

 

¿Qué ha pasado con esa subjetividad flexible? ¿Vivimos entonces en una experimentación positiva, creadora de nuevas subjetividades? ¿En donde las subjetividades abrazan el deseo, actualizan en sus instituciones y obras las virtualidades reales de las pasiones? ¿La experimentación de la contracultura ha logrado contagiar la producción al punto de estar trabajando a favor de la imaginación? ¿La imaginación llegó al poder?

 

Por un lado, el movimiento hizo visible que las antiguas formas ya no servían, que la subjetividad disciplinaria estaba en crisis, una crisis legítima en la que las virtualidades existentes se actualizaron en gran escala. Ya no vivimos bajo el modelo identitario, disciplinario y fordista. Lo que era exigido respecto a dar lugar a la imaginación, al deseo, a lo sensible, es incluso visible en nuestro ejemplo de la publicidad: nos venden maneras de ser, no objetos durables. Pero por otro lado, y no de menor importancia, cito a Rolnik por la precisión de sus palabras:

 

Hoy, el principal destino de esta flexibilidad subjetiva, y de la libertad de creación que la acompaña, no es la invención de formas de expresividad para las sensaciones, indicadoras de los efectos de la existencia del otro en nuestro cuerpo vibrátil. No es, seguramente, ésta la política de creación de territorios e, implícitamente, de relación con el otro, que predomina en nuestra contemporaneidad: lo que nos guía en esta empresa, en nuestra flexibilidad posfordista, es la identificación casi hipnótica con las imágenes del mundo vehiculadas por la publicidad y por la cultura de masas.1

 

¿Cuál sería entonces la función o, mejor, las posibilidades de la creación artística? En tanto ésta produce bloques sensaciones, maneras de sentir y ser afectado por el otro, su potencia de confrontación a la producción capitalista está en crear formas de expresividad para las sensaciones, para la experiencia del otro, del devenir otro. Crear nuevos territorios afectivos que no deambulan entre espectros prefabricados por los aparatos capitalistas. Hacer visible lo intolerable, las virtualidades que piden paso, que dicen ¡ya basta! En este sentido el arte es político por naturaleza, es decir, hace visible fuerzas invisibles, fuerzas creadoras e inven- tivas, distribuye en el campo social las posibilidades de sentir y de ser afectado por el mundo.

 

El arte, en tanto una política de los afectos y afecciones, sentires y encuentros, en tanto actualización de virtualidades sensibles, hace política al hacer visibles las fuerzas existentes, los poderes que nos circulan y atraviesan, y las nuevas posibilidades que tocan a la puerta. Una política de la afección y de lo sensible es imprescindible para la acción creadora. Ser afectado no supone una pasividad sin respuesta. Somos seres afectados todo el tiempo, somos construidos de afectos, es ésta nuestra naturaleza: cuerpo vibrátil abierto, multiplicidad en infinitas relaciones, fundado por afectos y afecciones diversas. Son esas afecciones las que nos vuelven activos, son estas fuerzas las que nos hacen mover. El pensamiento es primero afectado, luego activado, más tarde creador. No crea de la nada. El acto creativo es un constante afectar y transformar.

 

Frente a los modos de subjetivación capitalista, el arte tiene la posibilidad de, hacer visibles otras formas de subjetivaciones más deseantes, coincidentes con las virtualidades reales, con lo que se vuelve intolerable. Hacer visibles las fuerzas del presente es hacer visible que nuestra capacidad de crear, nuestro poder más íntimo, parece ser el centro de las atenciones del sistema productivo. El arte, por lo tanto, no ha muerto ni perdido su función, al contrario, tiene hoy importancia capital en la creación de nuevas maneras de existir. 

 

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1 Suely Rolnik, “Geopolítica da cafetinagem”, Ide (São Paulo: 2006), vol. 29, núm. 43, pp. 123-129. 

Arte y Capital

Ana Patto