En un artificio muestra de la picardía extrema con la que a veces pontificaba, André Breton llamaba a Salvador Dalí por su anagrama: “Avidas Dollar”, subrayando el hambre irreparable que el pintor ibérico tenía por el dinero y la riqueza, que acabaron siendo muy pronto en su carrera el motivo de su trabajo.

 

De la picardía de Breton al cinismo de aquel disco legendario de Frank Zappa, We’re all in it for the money, la relación entre el arte o, más bien, entre la obra de arte y el dinero es explícita en muchos creadores. Es más contundente aún: el dinero, la riqueza, es uno de los temas centrales del arte, de manera directa o como sub-texto, mediante las varias formas en que el dinero y la riqueza se manifiestan en la obra de arte: entre ellas, por ejemplo, la muerte.

 

La muerte es lo único que el dinero no puede resolver, es la única insobornable. La muerte es el sueño irrealizable del dinero y la riqueza. Todo se puede comprar, excepto tiempo más allá del que nos ha sido destinado.

 

Pero ¿la muerte nos ha sido escriturada? ¿Nacemos con los días contados? ¿O acaso nuestra vida, como nuestra muerte, está determinada por el mero y llano azar?

 

Detrás de la obra de Fritzia está un diálogo permanente entre el dinero y el azar, y, por lo tanto, un discurso sobre la muerte, cómo vivir con ella y cómo trascenderla.

 

Pasar la mirada por la obra de Fritzia es una ilustración viva y brusca, trepidante, de uno de los temas torales de la economía política clásica: la dialéctica entre el valor de uso y el valor de cambio. Este tema, absolutamente central, ha sido abandonado por el discurso económico y por la filosofía política, pero en la obra de Fritzia surge como un pilar contundente, novedoso y rotundo de su discurso.

 

El dinero vale no por lo que es, sino por su capacidad de ser cambiado por otros bienes. La utilidad inmediata del dinero y sus diversas formas es mínima, irrisoria. El oro no sirve para nada en sí y su valor proviene de que podemos cambiarlo por cualquier otro artículo.

 

La perversión del capitalismo, decían los economistas clásicos, es que el valor de cambio acaba predominando sobre el valor de uso. El dinero (y los insumos de Fritzia son sus varias formas: sal, plata, oro o diamantes) es el bien más preciado de la civilización a pesar de su minúsculo valor de uso, de su mínima utilidad intrínseca.

 

El oro nos sirve en tanto que es un medio de cambio. Quien tiene oro no pasa hambre. El oro nos permite tener cualquier cosa, excepto un salvoconducto para la muerte. Fritzia lleva esta aseveración al extremo de la literalidad cuando tres voluntarios engullen sendas esferas de oro. El rey Midas muere de hambre entre fuentes, hojas y frutos de oro, pero no los voluntarios de Fritzia: ellos se alimentan de oro.

 

La provocación es extrema: la mayor violencia que puede sufrir el oro es denigrar su poder como valor de cambio y someterlo a la humildad de ser un simple valor de uso: degradar al oro poderoso a ser un humilde alimento, un elemento de la canasta básica. Es una subversión maravillosa que muestra la profunda comprensión de Fritzia Irizar respecto a este tema central de la filosofía política y su capacidad para convertirla en una obra de arte.

 

No puedo ocultar mi entusiasmo: el capitalismo contemporáneo,
y eso queda de manifiesto en cada crisis (y la sufrida por el mundo en 2008-2009 fue la más cruenta de los últimos 90 años), muestra el poder que el dinero tiene sobre la sociedad. Michel Aglietta escribió en la década de los años ochenta, un libro con un bello título: La violencia de la moneda, el cual ilustra la violencia con la que el dinero puede embestir a la sociedad en momentos de crisis severa.

 

La revancha de Fritzia es justo ejercer esa violencia sobre la moneda misma: billetes de dólar usados como papel tapiz en el Centro Cultural de España en México; billetes de cien dólares triturados hasta el límite del confeti; notas financieras que arden; billetes que desaparecen tras una tortura física extrema. La violencia sobre la moneda, como ese doblón antiguo aplastado por un tren, es la forma en la que Fritzia pone de cabeza al mundo, y al invertirlo, le da claridad y transparencia.

 

Lo absurdo del dinero es que sea un objeto con la mínima utilidad el artículo más buscado por todos. Las instalaciones de Fritzia son eso: una búsqueda de dinero, para mostrar al final lo inútil del objeto mismo. Buscar diamantes en bolsas de sal; enterrar fortunas; desaparecer la riqueza monetaria y buscar ese fantasma.

 

Hay una propuesta final de Fritzia que la hace particularmente original: su cercanía con la numismática. Las monedas, sobre todo en México, que desde hace quinientos años tiene una de las mejores casas de moneda del mundo, pueden ser también bellas. La distancia entre una obra de arte y una bella moneda puede ser pequeña. Diríamos, en términos de Marcel Duchamp, que la moneda puede llegar a ser un ready-made, como en esa torre esbelta y dorada hecha de monedas de 10 pesos. 

 

Decíamos que el diálogo de Fritzia entre el dinero y el azar (como su dado de plata: azar y dinero, el coup de dés) es también un diálogo con la muerte. Me corrijo: al aplicar la violencia de la moneda sobre la moneda misma, al evaporar el dinero y disolver la fantasía que tiene sobre todos nosotros el poder de cambio, lo que queda es el valor de uso: la vida misma.

 

Existe una pieza especial de Fritzia Irizar. Dentro de Sin título (Colectividad y selectividad), seis participantes entran por selección, uno a uno, en un espacio. Se convierten en la obra de arte, pero para salir de ella dependen de los demás, son los otros los que se salvan entre ellos. La colectividad y la selectividad acaban convirtiéndose
en solidaridad.

 

Cierto, vivimos en un mundo en donde el azar y el dinero rigen nuestra vida: pero nos tenemos a nosotros mismos, y la colectividad y la selectividad pueden derivar en comunidad y, si el azar lo permite: en hermandad y salvación. 

Fritzia Irízar: La vendedora de dinero

Edgar Amador