Cápsula de tiempo

María Minera

 Si esto fuera una obra literaria no sería un cuento de misterio. ¿O sí? Algo tiene de acertijo, de enigma detectivesco. Algo de Edgar Allan Poe. ¿Acaso lo que está allí enterrado en el piso no es una suerte de corazón delator? ¿Y no está, de hecho, oculto a la manera de aquella carta robada que nadie encontró porque estaba demasiado a la vista? Pensémoslo así. La historia del diamante que, como una matrioska, descansa entre kilos de sal, dentro de una caja fuerte que, a su vez, está sepultada en un hoyo en la tierra, sobre el cual hay capas y capas de cemento y, más arriba, una losa que difícilmente podríamos distinguir entre todas las losas que cubren esa plaza de Culiacán, Sinaloa; esa historia, decíamos, va a ser olvidada con los años. Tal vez quede en el aire un rumor. Un runrún que de vez en cuando ponga a los viejos a discutir: ¿cómo iba? Ah, sí, ¿no era que había un baúl lleno de diamantes debajo del Ayuntamiento? No, era oro y estaba enterrado en la banqueta de la casa de empeño. ¿Cómo va a ser oro? Era una caja fuerte, pero dicen que adentro no había nada; o bueno, que había pero pura sal. Se equivocan, en algún lado leí, quizá diga el más joven de todos, que era una obra de arte contemporáneo. ¡¿Arte qué?! ¡Estás loco! Era algo valioso: monedas, anillos, algo así. Y, sin embargo, bajo esa losa deslavada por la que todos pasan a diario seguirá latiendo, casi inaudible, un corazoncito mineral puesto allí alguna vez para delatar precisamente nuestra desmemoria colectiva. Una cápsula del tiempo, pues. Sólo que enterrada a cinco metros bajo tierra.

 

Entonces, a lo mejor, si esto fuera una obra literaria sería una crónica, donde se haría el recuento minucioso de lo sucedido entre el momento en que la idea tomó forma hasta el punto en que la losa fue puesta de nuevo en su lugar. Un par de días, tal vez, en los que seguimos los pasos que llevaron a los involucrados a terminar reunidos alrededor de un hoyo en una pequeña plaza del primer cuadro de la ciudad de Culiacán Rosales. Por los testimonios allí reunidos, sabemos que el diamante, que estuvo alguna vez montado en un anillo de oro de 14 quilates, viajó desde Minnesota, y que la caja fuerte fue adquirida poco antes en una tienda no lejos de donde se hizo el agujero. Al parecer, se dudó largamente entre comprar una caja negra o gris. Al final, ganó la negra mucho más neutral, más seria. En el lugar se dieron cita, además de amigos y curiosos, el notario llamado a dar fe de los hechos, el albañil que horas antes había abierto el boquete y que después se encargaría de cerrarlo, el operador de la grúa que habría de bajar la caja fuerte al fondo del foso, el joyero con su lupa para revisar que el diamante fuera el diamante, un camarógrafo de televisión y, cosa rara, una artista contemporánea. Y, así, el notario dio fe, el camarógrafo filmó, un señor vestido de azul, posiblemente asistente del notario, vertió la sal en la caja fuerte hasta llenarla y alguien, tal vez la artista contemporánea, metió la mano y enterró el diamante; después, quizá la misma persona cerró la caja y entonces el operador de la grúa la fue bajando lentamente, hasta que se perdió de vista. En ese momento, el albañil puso el cemento encima —lo cual le tomó cerca de quince minutos— y, cuando todos estaban pensando, por obvias razones, que eso tenía algo de funeral, se puso la tapa, perdón, la losa, y alguien aplaudió (tal vez el asistente del notario).

 

Así las cosas, esto tal vez podría reducirse simplemente a un acta notarial, que haría constar quea los veintiséis días del mes de octubre del año 2007, en la expla- nada del edificio de la Dirección de Investigación y Fomento de Cultura Regional, ubicado en la Avenida Dr. Ruperto Paliza, en la colonia Centro de la ciudad de Culiacán Rosales, municipio de Culiacán, Estado de Sinaloa, Estados Unidos Mexicanos, en presencia del Licenciado Fulano de Tal, Notario Público con residencia y ejercicio en la mencionada municipalidad, tuvieron lugar ciertos hechos en la forma y términos que a continuación se relatan.

 

Pero, bueno, esto no es una obra literaria. ¿O sí? 

Sin título (Cápsula de tiempo)

2007

 

 

Diamante, sal de grano, caja de seguridad, acta notarial
Dimensiones variables

 

 

El diamante y la sal son cristales de apariencia similar que han sido históricamente estimados como materiales valiosos. La sal era apreciada por sus propiedades para conservar alimentos y utilizada como moneda de cambio. En cambio, los diamantes sólo han sido valorados por la pureza de su apariencia. Las nociones de valor de estos materiales están sujetas a creencias y fantasías que complejizan la pieza.

 

La obra consiste en una caja de seguridad llena con sal de grano y un diamante. La caja es sepultada en una plaza pública y la loza que la cubre coincide con el resto de las lozas de la plaza, impidiendo encontrar la pieza. Un notario público da fe de los hechos, siendo su acta el único remanente físico de la pieza. La obra acontece como un rumor rondando un tesoro escondido en un lugar ordinario. Se pone en juego el deseo y la imaginación de un público que transmite la acción con sus propios argumentos. La materialidad del evento se sustituye por la construcción de un mito.