Sin título (Olor a nuevo)

2006

 

 

Vapor

Dimensiones variables

 

 

La pieza consta de un aromatizador que recuerda el olor de objetos recién producidos o recién adquiridos. El objetivo es producir nostalgia en el espectador al recordar cuando, por ejemplo, compró un coche o despertar en él, el deseo de tener que adquirir algo nuevo. La pieza se presentó primero como instalación, una especie de casa de campaña de lona de hule dentro de la cual se almacenaba este olor a nuevo; más adelante, para la reapertura del Museo Rufino Tamayo, el olor provenía de orificios en el muro del museo invadiendo todo el espacio con dicho aroma. 

En el pasado, el fenómeno de “lo nuevo” era resultado de la relación estrecha entre la forma y su función. Con el paso del tiempo, “lo nuevo” se fue transformando en un concepto más subjetivo, en donde los propios individuos disimulamos una apariencia de cambio, aunque sea una apropiación renovada del pasado. El consumismo, los cambios radicales de la moda y la multifuncionalidad tecnológica son demandas ineludibles, aunque hoy día lo nuevo “es más bien el resultado de determinadas estrategias cultural económicas de transmutación de valores”,1 como lo describe el crítico Boris Groys. Estos valores, simbólicos o reales, son los que hacen posible entrar y salir de la innovación en un estado permanente que se renueva mediante la seducción, el poder y las relaciones sociales.

 

A la artista Fritzia Irizar le interesan las estructuras de poder donde se ocultan jerarquías, se intercambian valores simbólicos y se devela el estado de la economía actual. En 2006, realizó una primera versión de una obra titulada Olor a nuevo en la que colocó un cubo blanco de lona similar a los que se utilizan en las ferias comerciales. Al entrar a este espacio provisional, los espectadores percibían un olor a plástico, un perfume que en realidad era el resultado de la producción de materiales tóxicos asociado al aroma de los automóviles recién salidos de las fábricas.

 

La imagen de un stand de feria es un signo alegórico, pues en ellas sucede un flujo de capital mercantil por medio de la representación. En estos quioscos temporales, el intercambio potencial reside en la imagen corporativa que presenta un aura de innovación. El olor a nuevo también es un gadget que seduce por unos instantes el olfato de los ansiosos aunque sea un artificio. Por ello, Irizar cuestiona los valores subjetivos inherentes a la noción de “lo nuevo” mediante una crítica sobre el poder del deseo con dos elementos: el cubo blanco y el olor a nuevo.

 

En una segunda versión para la exposición Primer acto del Museo Tamayo (2012), la artista desmaterializó la pieza para dejar sólo el olor casi imperceptible en las galerías. Por una parte, el aroma tóxico y aislado que invadía invisiblemente el espacio museístico hacía eco de la anestesia colectiva en relación con el arte. Por la otra —con la desaparición del objeto—, cuestionó la irrelevancia de la imagen por medio de la transmutación de valores mercantiles y simbólicos.
 

Es decir, más allá de representar la idea de lo nuevo o buscar la originalidad, la artista reveló las estrategias y estructuras de un síntoma cultural, en donde un olor fabricado e invisible evidencia la circulación de un simulacro. El “olor a nuevo” es finalmente una parodia sobre la inercia cultural que siempre va en búsqueda de la innovación, aunque ésta se evapore constantemente, como cualquier aroma. 

 

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1 Boris Groys, Sobre lo nuevo, ensayo de una economía cultural, Valencia, Pre- textos, 2005, p. 64. 

 

La seducción de lo nuevo 

Andrea Torreblanca